Hay que volver a ganar la Copa de la Democracia

Pasaron 39 años de la recuperación de la democracia y el sistema sigue con déficit vitamínico, por usar una palabra relacionada con la salud. Nuestra democracia es frágil y está siendo, en forma permanente, atacada por virus y bacterias que se desprenden de su propio cuerpo.

Pasaron 67 años del golpe del 55 y la palabra proscripción continúa estando en el tablero político.  Parece increíble, pero no lo es. Pasa en Argentina, pasa en otros países de Latinoamérica, pasa en las películas que hablan de las mafias, pasa en la vida.

El 5 de marzo de 1956, por intermedio del decreto 4.161, el Gobierno dictatorial de Pedro Eugenio Aramburu resolvió prohibir la utilización de expresiones e imágenes relacionadas con el movimiento peronista.

Palabras marcadas con una cruz negra: peronismo, peronista, justicialismo, justicialista, entre otras. Mencionar a Perón y Evita era motivo suficiente para ser desterrado del “paraíso” que ellos habían inventado para sus propios intereses.

La marcha peronista pasó a ser la canción maldita y su entonación podía significar un pasaje a la muerte.

Apenas asumió Aramburu, a fines de 1955, decidió la disolución del partido justicialista, la inhibición de todos los miembros para ocupar cargos en la administración pública, y la prohibición de exhibir símbolos partidarios y de mencionar públicamente a Perón y a Evita. En los medios de comunicación se hacía mención como “el tirano depuesto”.

Pedazos de nuestra historia y de los azotes a la democracia.

“Destruir definitivamente al peronismo” era la consigna y para ello se valieron de las armas más despreciables: fusilamientos, persecución, cárcel. Así terminarían los osados que se atrevieran a enfrentar a los que se consideraban “amos absolutos” de este suelo del sur.

“Meter las patas en las fuentes” fue considerado un pecado original. Reformar la constitución, sumar derechos, hablar de soberanía política, independencia económica, justicia social fueron acciones imperdonables para los Dioses del Olimpo argento, acostumbrados al fraude electoral, a los golpes de Estado y al encarcelamiento de presidentes constitucionales, como Hipólito Yrigoyen.

Meter las patas en las fuentes de nuestra historia es doloroso, más si observamos que no aprendimos nada y los hechos nefastos se siguen repitiendo.

De la pata militar a la mano civil

Volvieron una noche, sin gorras, sin botas. Volvieron una noche con un grupo de personajes disfrazados de justicieros. En realidad, nunca se fueron. Estuvieron agazapados en las sombras, manejando los hilos del poder con otros actores.

No dieron tregua. No permitieron continuidad en las políticas, sacaron de pista a quien había que sacar y “sentenciaron” a quien había que sentenciar.

La democracia sigue siendo una utopía; y la paz, un sueño de esos que “sueños son”.

En los primeros días de diciembre se conocieron chats de funcionarios judiciales con el representante del medio que impone todos sus fines.

Los tipos, que no representan a la Justicia como tal, se vanagloriaban de haber viajado, planeaban su estrategia con facturas truchas y hasta se burlaban de los periodistas que informaron el suceso.

Leerlos y escucharlos permitió entender su pensamiento, su creencia de ser “superiores” a los demás, fundamentalmente a los políticos y periodistas independientes.

No todos los integrantes del Poder Judicial son similares a estos personajes. En la justicia hay hombres y mujeres honestos, capacitados y comprometidos. Sin embargo, los que manejan la batuta metieron la chuza en un tema muy sensible para la democracia: la proscripción de Cristina. Lo mismo que los militares hicieron con Perón y costó tantas muertes.

Esta vez, el decreto militar de Aramburu se convirtió en la sentencia judicial de tres magistrados. Tres eran los integrantes de las Fuerzas Armadas; tres, los integrantes del tribunal.

El tiro por la culata

El tiro para matarla falló, el fallo para sacarla de pista fue fallido. El tiro salió por la culata.

“Bueno, no voy a ser candidata. Es más, una muy buena noticia para usted, Magnetto. ¿Sabe por qué? Porque el 10 de diciembre de 2023 no voy a tener fueros, no voy a ser vicepresidenta. Así que le va a poder dar la orden a sus esbirros de la Casación y de la Corte Suprema que me metan presa. Sí, pero mascota de usted nunca, jamás. ¿Entiende? Nunca, jamás. No voy a ser candidata a nada, ni a presidenta, ni a senadora… Mi nombre no va a estar en ninguna boleta.” Respuesta de Cristina al conocerse el fallo.

Esto fue lo que no esperaban, lo que no imaginaban. ¿Qué campaña van a hacer si Cristina no se presenta? Si todo su arsenal, sus carteles, sus slogans, sus guillotinas, sus disparos la tienen a ella como blanco, como el enemigo público. Se les terminó el discurso de “los buenos contra los malos”.

Buenos que no son tan buenos y malos que no son tan malos.

La proscripción de la dirigente más importante del peronismo genera la necesidad de unión de los sectores democráticos. No es un tema menor. Los presidentes que aceptaron ir a las urnas con el peronismo proscripto fueron destituidos por los mismos que los pusieron.

En 1963, el radical Arturo Illia llegó a la Presidencia con el peronismo y el comunismo proscripto. El exmandatario Arturo Frondizi estaba preso. A pesar de su honestidad y de su perfil humilde, de hombre de pueblo, no pudo hacer las reformas estructurales que quería y fue derrocado por un golpe militar el 28 de junio de 1966.

Meter las patas en las fuentes de la historia es imprescindible para no repetir viejos errores.

Todos los partidos de la democracia deben tomar conciencia de la precaria salud del sistema manejado por un grupo de personas que no quiere su cura.

Todos los integrantes de la sociedad, en sus diversas organizaciones, necesitan colaborar para restablecer las rajaduras de una estructura que, si se derrumba, nos deja a todos a la deriva.

Es una buena oportunidad para que integrantes de los tres poderes del Estado, dirigentes de las fuerzas vivas, empresarios, trabajadores y pueblo en general, se decidan a transitar un camino hacia la pacificación, la igualdad, la fraternidad, envueltos en los colores celeste y blanco, que tanto nos emocionan en un partido de fútbol.

Estamos entre los cuatro mejores de la Copa Mundial de nuestro deporte favorito. Y tal vez tengamos el orgullo de levantarla o de acariciarla.

Pero la mejor copa que podemos ganar en este momento, es el Trofeo de la Democracia, esa que levantamos emocionados el 10 de diciembre de 1983.

 

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