Sembrando la semilla de la solidaridad

Seguramente, millones nos preguntamos cómo vamos a salir de esta pesadilla. Es difícil el trayecto que nos espera. Muy difícil. Pero no hay duda, que el mayor tesoro es la vida.

¿Seremos capaces de construir un mundo nuevo? ¿Tendremos la sabiduría necesaria para comprender las señales que nos envía un virus que no se ve, no se escucha, no se huele, no se toca? Un virus oculto en las sombras de las vulnerabilidades humanas.

Una especie de monstruo sin rostro, sin huellas digitales, sin CUIT ni CUIL. Un invasor que no cotiza en Bolsa, pero ataca al corazón del llamado “Mercado”, el Dios Supremo que manejó y maneja la suerte y la desgracia del mundo.

Un desconocido que bajo el sugestivo nombre de “Corona”, tomó posesión del trono resolviendo la traza de los caminos de la vida o de la muerte.

El octavo pasajero que completa, escondido, los integrantes de la nave de los siete pecados capitales. El propietario de la “Caja de Pandemia”, la sorpresa del siglo XXI reviviendo el mito de la Caja de Pandora, ese objeto que al abrirse desparramó todos los males del mundo y dejó en su fondo el espíritu de la esperanza.

De pronto, nos preguntamos si “Pandemia” no trajo en su relicario las virtudes para equilibrar los males de un planeta contaminado por los siete pecados capitales.

Tal vez, porque todavía conservamos dulcemente atesorada la esperanza que la curiosa mujer de la mitología griega logró acaparar en la tinaja.

Hoy, el enemigo invisible nos enfrenta a nosotros mismos. Nos exige mirarnos al espejo, hacer un alto en la rutina cotidiana, disponer del tiempo para observar lo que nos rodea.

Darnos cuenta que, posiblemente, destinamos parte de nuestra vida a correr hacia ninguna parte. Hacia un futuro que no tiene certidumbre. Un futuro, que es apenas una mancha oscura, desterrado en las grietas de un Planeta sufrido y tatuado con las desigualdades.

¿Hasta cuándo, podíamos los seres humanos seguir revolcados en el lodo de la avaricia, la codicia, la ira, la soberbia? Por mencionar algunos de los pecados del capitalismo, paradójicamente o no, llamados capitales.

¿Hasta cuándo, podíamos llamarnos humanos si continuábamos sumergidos en el individualismo absoluto, en el afán de lo material, en la indiferencia al prójimo?

“Cuando estalla una guerra, las gentes se dicen: `Esto no puede durar, es demasiado estúpido`. Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo”, escribió Albert Camus en su famosa novela La peste, publicada en 1947.

La estupidez insiste siempre, y sigue insistiendo ante el peligro que nos acecha y varios líderes se niegan a ver.

No hay peor ciego que el que no quiere ver

“La plaga no está hecha a la medida del hombre, por, lo tanto, el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar.” Otra frase de la novela de Camus.

Los que consideraron al virus una cosa irreal, un mal sueño, están pagando las consecuencias. Pruebas de ello es Estados Unidos, Inglaterra, Brasil, Chile, Ecuador y algunos países de Europa, entre otros.

Gobernantes o CEOS, no se pueden llamar líderes, que priorizaron la economía, el mercado, el dinero a la vida de sus habitantes. Y no hay dólares suficientes para calmar los dolores de un pueblo abandonado por los que tienen la obligación de protegerlo.

Argentina, según la mayoría de los especialistas en la materia, reaccionó a tiempo y aplicó la cuarentena que el presidente extendió hasta el 26 de abril.

La medida, tomada por Alberto Fernández, recibió el apoyo de la mayoría de los gobernadores, intendentes y legisladores. El acuerdo social, que parecía distante hace unos meses, se está concretando en base a la madurez de una sociedad que está rescatando los mejores valores: la solidaridad, el amor, la fraternidad.

Cada vez son menos los que fogonean la grieta, cada día son más los que trabajan codo a codo para luchar contra el octavo pasajero. Dirigentes con distintas insignias partidarias que se despojaron de sus intereses sectoriales para estar al frente de la dura batalla que nos espera.

Lentamente, en el horizonte se asoma la esperanza de un mundo nuevo.

Una nueva siembra

Si le ganamos la batalla al emisario de la oscuridad, tenemos la oportunidad de imaginar un mundo nuevo. De nosotros depende. De nuestra esencia humanista depende.

“Acallemos los gritos de muerte, que terminen las guerras. Que se acabe la producción y el comercio de armas, porque necesitamos pan y no fusiles”, afirmó el Papa Francisco en víspera de Pascuas.

Necesitamos pan y no fusiles. Es difícil saber si el mensaje será escuchado por los dueños de la gran maquinaria financiera y económica. Sin embargo, no es descabellado pensar que los pueblos se decidan a ser artífices de los cambios necesarios para sembrar la semilla de la solidaridad en medio de los campos desérticos que dejará la pandemia.

Seguramente, millones nos preguntamos cómo vamos a salir de esta pesadilla. Es difícil el trayecto que nos espera. Muy difícil. Pero no hay duda, que el mayor tesoro es la vida.

No hay duda, que a pesar de las espinas vamos a celebrar el abrazarnos con nuestros seres queridos, con los amigos, con los vecinos, con los que están solos y esperan una mano tendida.

No hay duda, que en el corazón de millones de argentinos anida el amor, más allá que por las circunstancias nos hayamos enfrentado desde los comienzos de nuestra historia.

Tenemos la fuerza, la templanza, los recursos humanos y productivos para salir adelante. Los hemos logrado tantas veces.

Ya lo escribió María Elena Walsh y lo escuchamos muchas veces en estos días con cierta emoción: “Tantas veces te mataron, tantas resucitarás, tantas noches pasarás, desesperando.  A la hora del naufragio y la de la oscuridad, alguien te rescatará, para ir cantando.

Cantando al sol como la cigarra, después de un año bajo la tierra, igual que sobreviviente, que vuelve de la guerra.”

Vamos a salir del aislamiento preventivo obligatorio, vamos a salir con el orgullo de los laureles que supimos conseguir. Vamos a salir con la fortaleza que nos ofrendó la experiencia, vamos a salir todos, unidos, porque al fin de cuentas somos hermanos.

Porque somos humanos. Porque elegimos la vida, al oro. Y eso no tiene precio.

 

 

Collage digital: Raúl Olcelli

Nota publicada en : https://www.eldiariocba.com.ar/mano-mano/2020/4/13/sembrando-la-semilla-de-la-solidaridad-19050.html

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